-¿Estás mejor?-preguntó Ipolén con voz trémula, mientras le acercaba un poco de agua.
Como respuesta, su reciente y misteriosa huésped clavó sus ojos sorprendentemente verdes en los suyos, sin articular palabra, como si no le hubiese entendido, cosa que le extrañaría mucho al jertare, pues los Guerreros siempre le habían traído invitados de su mismo país, así que por lo general podía comunicarse con ellos. No obstante la chica no tenía aspecto de extranjera. Parecía no tener más de quince años, e Ipolén estaba acostumbrado a tratar con niños más pequeños, pero aun así había algo en su mirada que lo preocupaba.
Había visto en varias ocasiones a chiquillos de nueve años despertarse después de haber aparecido inconscientes en el refugio chillando y llorando de puro terror por lo que habían pasado antes de que los llevaran allí, o a otros que se quedaban en estado de shock, completamente petrificados cuando se lo dejaban. Era muy normal que vinieran asustados, heridos o los que eran afortunados simplemente agotados y algo nerviosos, e Ipolén sabía por qué. Los de la Orden no eran capaces de descubrir a alguien por sí mismos; no, localizaban a un futuro Guerrero cuando era atacado.
El jertare desconocía qué clase de personas o criaturas era capaz de asustar tanto a un niño, pero intuía no obstante que los que alojaba en el escondite eran los que tenían suerte y a quienes los Guerreros llegaban a tiempo de salvar. Nunca quiso saber qué pasaba cuando llegaban tarde; sospechaba que no le gustaría saberlo.
Sin embargo, la niña estaba muy tranquila y, a parte del hecho de ese inexplicable silencio, parecía no haberle pasado nada. Esa tranquilidad y calma en su rostro turbaba y confundía al jertare, acostumbrado a lágrimas, miradas nerviosas, gritos angustiados, sueños inquietos… e incluso al estado de shock en el que llegaban unos pocos.
En ese momento Ipolén desearía poder leer en el corazón de la niña y descubrir qué pasaba en esos instantes por su cabeza y qué sentimientos se afanaba tanto en esconder, porque no era tan ingenuo cómo para pensar que no la hubiesen atacado, o que el ataque no le hubiese afectado mucho, y mucho menos después de observarla mientras dormía, y de darse cuenta de cómo contrastaba con cómo estaba ahora.
Miraba a su cara e intentaba encontrar en ese rostro limpio y tranquilo, algún rastro del ceño fruncido y las gotas de sudor que le había visto tan sólo un rato antes, pero parecían haber desaparecido completamente, como si nunca hubieran estado allí. También le vibraban aún en sus oídos el sonido de su voz llamando a su hermano en sueños casi en gritos y sus susurros acerca de una sombra. Eso último le intrigaba sobremanera, y le hubiera preguntado por ella si su huésped hubiera articulado una sola palabra desde que despertara o si le hubiera respondido a alguna de sus otras palabras.
Le había dado un poco de agua y un bocadillo, que se estaba acabando en esos instantes. Ya sólo podía aguardar a que viniese un Guerrero a llevársela a Heritania. Intentaría hacerla hablar en la espera, no podía hacer mucho más, pero dudaba de conseguir hacerle decir algo.
-¿De dónde eres?- dijo en un nuevo intento de romper el hielo, y la misma mirada profunda le respondió.
No la había hecho hablar, pero por fin notó un cambio en ella. Mientras comía parecía estar tranquila y relajada, pero entonces, tras la pregunta de Ipolén, su expresión facial cambió muy sutilmente. Su ceño se había fruncido levemente, su mirada también cambió y se le crisparon los labios apenas un instante.
Sin embargo, no daba la sensación de haberle escuchado; su mente parecía estar a kilómetros de distancia. Y cuando un relámpago de miedo cruzó un solo instante su mirada, la que Ipolén escrutaba sin descanso y sin que la chica pareciera ni percatarse, el jertare tuvo la sospecha de que también estuviera también a horas de allí, que estuviera rememorando lo que le hubiera pasado.
Por lo menos, sabía qué podía hacer ahora: intentar distraerla como pudiera para evitar que se ahogara en recuerdos tan recientes y presumiblemente traumáticos, de donde después sería imposible sacarla. No era el momento de dejarla enfrentarse a ellos, aún era demasiado pronto.
-Tengo quince años, y me llamo Ipolén Selot, o eso creo, porque no puedo asegurar que ése fuera el apellido de mi padre. No lo conocí, ¿sabes?, ni tampoco a mi madre, murieron poco después de que yo naciese. Me dijo mi madre adoptiva que en el incendio de la librería de papá, pero en realidad no puedo estar seguro; ésa bruja miente más que habla. ¿Sabes que intentó quemar los libros de música que me dejó mi madre? Ella dice que fue un accidente. Ah, ¿no te lo he contado? Mi madre era profesora de Música, y al parecer tocaba muy bien el piano. No, ése piano no, el suyo se perdería en el supuesto incendio. Éste ya estaba aquí cuando encontré este refugio, como las estanterías, la cama…
No decía nada más que tonterías, una detrás de otra, pero esperaba que llamara la atención de su huésped y que ésta no se entregara a sus recuerdos, que la llamaban con insistencia al ser tan recientes. Y lo estaba consiguiendo, o al menos lo parecía: parecía que sus ojos se fijaban en los suyos y ésta vez le miraban a él y no al reciente pasado, parecía que escuchaba su voz y que ésta le traía al presente y la sacaba del mundo de sus pensamientos, parecía que una sonrisa nacía al final en su rostro… Estaría verdaderamente guapa cuando sonriese, como si se pudiese ser aún más hermosa.
En algún momento de su particular monólogo, le asaltó de improviso la vergüenza. ¿Qué hacía haciendo el ridículo delante de ella? Qué payaso, pensaría ella con desdén. Tenía que parar ya de hablar, conservar un poco de dignidad. Él y su existencia entera parecían un chiste malo, pero no había que dejárselo a tal ángel tan claro y patente. ¿Por qué su lengua no se detenía y hacía caso por una vez a su mente en lugar de hablar por su cuenta?
“¿Por qué tendríamos que detenernos?”, le susurró una voz en su cabeza, que aún no había sucumbido a aquella inesperada flecha de Cupido. “La estamos divirtiendo, ya no pensará en sus fantasmas. Ése es nuestro deber, como hemos hecho ya tantísimas veces. Pronto vendrá un Guerrero y se la llevará de aquí. No te avergüences, probablemente dentro de poco se olvidará de ti y de esta bochornosa actuación…”
Es cierto, la Orden. Ella irá a Heritania y formará parte de esa incógnita que llevaba tanto tiempo soñando despejar y que probablemente no conseguiría nunca. Posiblemente sería ése su sino, que ahora se le antojaba más cruel que nunca, pues, como elaborado por el mismo diablo, alejaba a una hermosa esmeralda de su camino y la escondía en la tierra que nunca podría pisar.
Siempre había pensado en el mundo de los Guerreros como el culmen dela fantasía y el misterio, lo que más le atraía de cualquier historia. Pero esos atributos se le antojaban, pensando como pensaba en ese momento, que no hablaba su cabeza, sino su corazón, fríos y apagados. Cuando volara el hadita, llenaría esa tierra de maravillas con su luz, espantando todas las sombras y llenándola de más vida y encanto de los que pudiera haber soñado jamás, ni en sus sueños más irreales.
Y mientras, él continuaba hablando de nimiedades y soltando sandeces. La estaría aburriendo.
Esa flecha de amor se le debió haber clavado en los ojos y no en el pecho. No veía que los chispeantes ojos verdes de la chica se iban llenando de brillos y destellos mientras le escuchaba y que la sonrisa se le ensanchaba poco a poco, mientras un poco de color le volvía a la cara y su corazón latía un poco más deprisa.
De repente, él dijo algo gracioso y ella se echó a reír. Ese sonido deleitó el oído del jertare como una caricia que le hubiese regalado la que tan espontáneamente emitió. Ni la mejor melodía que alguna vez pudiera tocar en el piano Ipolén se le asemejaría jamás; a partir de ese momento toda la música le sonaría a silencio.
Finalmente, reunió todo el valor que pudo y le preguntó:
-¿Cuál es tu nombre?
-Kylena. Significa “historia”.
Dejó por un instante que su voz reverberará un momento en su cabeza, pero como si tuviera vida propia y una naturaleza juguetona, le recorrió de arriba abajo como un escalofrío, y le infundió el arrojo para cometer una imprudencia y una locura.
-En tu caso, una historia de amor, con una princesa hermosísima- dijo con una voz que no parecía la suya y con una firmeza sorprendente.
Su princesa le dirigió en recompensa de su inusitado atrevimiento una sonrisa nerviosa, y un súbito arranque de pudor se ruborizó y se llevó una mano a la cara para apartarse un mechón. En su corazón henchido de un amor tan loco como estúpido, le costaba creer que algo la pudiera embellecer aún más como lo había hecho ese color en sus mejillas.
Había sido un estúpido, más incluso de lo que había sido en toda su vida y en ese día en concreto. Ella se marcharía en unas horas a más tardar, ¿qué hacía llevando a mayores lo que sea que acabara de pasar? No la volvería a ver, ¿por qué se entregaba a las ensoñaciones exaltadas fruto de una mente romántica que le encantaba vivir siempre en las nubes? No estaba en una novela de amor, sino viviendo.
Le habló de su biblioteca y sus ojos realmente empezaron a brillar con luz propia. Se notaba que le gustaba también la lectura, eso era algo que solían compartir todos sus huéspedes. Le habló un poco de sus libros favoritos y le dejó uno de poesía cuando le pidió algo para leer.
Mientras la chica se entretenía con el libro, Ipolén se alejó de ella. Lejos de su nefasta compañía, que empezaba a alterarle en exceso, que le confundía, turbaba, encandilaba, le hacía delirar. Ese ángel inocente, ese hada juguetona, esa princesa coqueta… Kylena…
¿Qué hacía pensando en amor, si la acababa de conocer y ya la miraba como embobado antes incluso de que le hablara por primera vez? Amor, no, ni eso, no era amor, era… no, no lo sabía, como no sabía nada del amor. Sólo era una chica guapa, lo demás eran imaginaciones suyas.
Sí, lo mejor era evitar mirarla y apartarse de ella, ya notaba como su sangre se templaba, sus mejillas ya volvían a tener su color de siempre, dejaban de brillarle los ojos, su corazón se serenaba; el sueño iba acabando y se despertaría pronto, pues los sueños así sólo debían venir en la noche y no asaltarle así de repente.
Pero también era cierto que esa flecha de amor no lo estaba matando, a pesar de habérsele clavado en el pecho. Es más, se sentía más vivo que nunca, más despierto a pesar de estar soñando. El aire parecía más fresco, los colores más brillantes y cada sonido parte de la más hermosa canción. Y en esos momentos de delirio le parecía que hasta su mísera existencia podría convertirse en la más emotiva historia.
¿Qué le prohibía seguir con esa pantomima de historia de amor mientras ella estuviera allí? Jugar al loco pero que siempre despierta compasión enamorado; vivir una historia digna de perdurar aunque tan sólo fuera un instante, probar ese dulce brebaje del amor, si sólo llegaría a probar unas gotas, que ya eran suficientes para quien nunca había soñado con él. Probablemente no podría jugar más de unas cuantas horas.
Sin darse cuenta, estaba en la butaca del piano, y sin darse cuenta, sus manos tocaron un acorde suave. Kylena le escuchó, y maravillada, dejó el libro y se acercó a él. Le contó que ella sabía un poco de música gracias a un vecino amigo suyo que a sus hermanos y a ella dio clases.
Echó un vistazo a los libros que había allí desperdigados por la mesa de al lado, y le pidió si sabría tocar un dueto de piano y voz que ella le gustaba mucho y que casualmente estaba entre los libros. Y también casualmente, a Ipolén le gustaba y se la había aprendido hacía poco.
Empezaron el dueto, y el jertare jamás había tocado tan bien como en ese momento. Milagros de Cupido. Y el canto de Kylena ya le sonaba a Ipolén como el canto de las sirenas de las leyendas, tan bello y mágico capaz de hacer enloquecer a los marineros. A él ya le estaba haciendo perder la consciencia y la razón, mientras sus manos seguían tocando como poseídas por la misma música.
Y de repente, algo que resonó como un latigazo en toda la cueva les obligó a parar de golpe. A los dos les pegó un susto de muerte, pero el susto a Ipolén se le pasó enseguida, pues ya lo había oído muchísimas veces. Era el ruido que alertaba de la llegada de un Guerrero.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó en un susurro de miedo Kylena.
-Ya han llegado…- respondió en el mismo tono y con el látigo enrollado en la garganta.
Se les aproximó una figura encapuchada, ataviada con una capa negra oscura, que como por arte de magia se iba aclarando hasta adoptar un color gris tormenta. La persona era bastante alta y ancha de hombros, y se notaba que era un hombre.
Cuando llegó hasta ellos, se quitó la capucha, y les miró con unos ojos del mismo color que la capa. Llevaba revuelto su cabello oscuro y su rostro estaba lleno de magulladuras y heridas, destacándose una gran cicatriz que le cruzaba la cara desde el lado derecho del flequillo hasta el mentón en diagonal. La herida le deformaba la nariz y le daba en general un aspecto intimidante, pero aun así se percibía que había tenido cierto atractivo en su juventud. Tendría con seguridad más de cuarenta años.
Era Lanún, el Guerrero en quien Ipolén más confiaba. Se llevaban muy bien, detrás de ese aspecto amenazador encoraba un amigo bonachón y chistoso. Era él quien solía despejar en ocasiones la niebla alrededor de Heritania, él le había contado lo poco que Ipolén sabía de ese mundo. Y era consciente de que Lanún no debía hacerlo, y lo hacía aun así.
La mirada de Kylena iba de uno a otro, con la desconfianza y la curiosidad en el rostro. Antes de que Ipolén pudiera abrir la boca, en su cara apareció de repente el reconocimiento.
-Tú… eres el que…
-…¿te recogió ayer de la noche y te trajo aquí?- terminó Lanún.
Ahora parecía que ella empezaba a recordar. “Después de… cuando… la sombra”, pronunció a duras penas, mientras palidecía peligrosamente y sus ojos se llenaban de miedo. Hubiera acabado en el suelo si Ipolén no la hubiera sujetado. En los brazos del jertare pareció recobrar la noción de dónde estaba y enseguida se separó de él, cambiando el blanco de su rostro por el rosa más vivo; pero no dejó de mirar en ningún momento a esos ojos castaños.
-No estás segura aquí- interrumpió de pronto Lanún.-Debes acompañarme, lejos de aquí, o te encontrarán de nuevo.
No dio más datos, pero esas pocas palabras bastaron para intranquilizarla.
-Ipolén, el portal- inquirió dirigiéndose al muchacho por primera vez.
Por qué no iba él a despejarlo, sabía perfectamente dónde estaba. Él era el único Guerrero a quien podía calificar de amigo, pero no dejaba de ser uno de ellos, y todavía no había visto a ninguno no hacer alarde en algún momento de un orgullo, desdén y prepotencia casi naturales y propios de la Orden con respecto a los jertares como él, según su propia experiencia y la forma en que les había escuchado en más de una ocasión hablar de ellos en general. No llegarían a considerarlos nunca como iguales, y Lanún, aunque en muy contadas ocasiones, no podía evitar hacérselo recordar. Había una frontera entre los dos que la Orden se había ocupado de crear, y aunque intentaran olvidarse de ella, siempre estaba allí, y no podrían cruzarla nunca, como tampoco podrían ignorar por mucho tiempo seguido quién era el Guerrero y quién el jertare.
Quitó la lona que cubría el portal del polvo y de las miradas curiosas e inquisitorias de los huéspedes que quisieran verlo antes de tiempo. A pesar de estar cubierto, como medida de protección Ipolén lo limpiaba siempre con un paño antes de que lo usaran: el portal debía estar completamente limpio, o no se abriría del todo, y las consecuencias de atravesar un portal sin estar completamente abierto eran impredecibles, desde no aparecer en el lugar deseado a dejar partes del cuerpo atrás.
Los Guerreros podían teletransportarse a cualquier lugar sin necesidad de utilizar ningún portal, ellos solos o un pequeño grupo siempre que fueran todos integrantes de la Orden. En caso de que llevaran acompañantes ajenos a ella, como era el caso de los huéspedes de Ipolén cuando se los traían, podían transportarse sólo y exclusivamente de un lugar a otro dentro de un mismo mundo, pero no a otros; en esos casos, como cuando se llevaban a los huéspedes, necesitaban usar los portales, que sólo los podía activar un Guerrero. Con un portal podían llevarse a sus acompañantes adonde quisieran, pues sólo necesitaban uno para teletransportarse, no uno de entrada y otro de salida.
Cuando viajaban por su cuenta, los Guerreros hacían un sonido parecido a un látigo al aparecerse o al desaparecerse; y, por lo que le habían dicho a Ipolén, usando un portal llagaban a su destino precedidos de una luz luminosa y el sonido del viento cuando sopla, bastante más fuerte que el del látigo. Ipolén todavía no había visto eso, y le costaba imaginárselo; no concordaba con la idea general que tenía de los Guerreros como silenciosos y discretos, y se le antojaba muy graciosa la imagen de uno de ellos apareciendo envuelto en luz como si fuera una aparición divina y a los compañeros de turno como querubines acompañantes.
Casi mecánicamente y sin percatarse de lo que hacía, tantas veces lo había hecho antes, despejó el portal, y en unos segundos estuvo listo para usarlo. No se había fijado en lo que había hecho; en su mente sólo estaba Kylena, y mientras utilizaba el paño deseaba con todo su corazón que el tiempo que le quedaba a ella en ese lugar pasara lo más lento posible.
Como en un sueño, vio cómo Lanún y la chica se acercaban al portal, cómo el Guerrero lo abría ante la mirada llena de curiosidad de Kylena, cómo se tornaba en recelo una vez que su amigo le indicó con un gesto que pasara por él, cómo confiaba al final en las palabras de Lanún y cómo se empezaba a disolver en la luz que irradiaba el portal. En unos segundos el ángel volaría a Heritania, y no miraría atrás ni repararía en los ojos anhelantes de Ipolén, que la miraban con avidez.
Entonces, el tiempo pareció detenerse. Kylena se había quedado quieta, a sólo un par de pasos de pasar definitivamente al mundo de la Orden. ¿Otra triquiñuela de Cupido? ¿Paraba ahora el tiempo para alargar la agonía del amado, que aunque tanto hubiera deseado que eso pasara, tanto sabían él mismo, en lo más profundo de su mente, donde aún se conservaba un poco de cordura, como el arquero griego, que era un natural anhelo surgido en cualquier corazón henchido de amor pero desgraciadamente sentenciado a no cumplirse, pues clava aún más profundamente la idolatrada flecha y hace aún más difícil que entre la razón y el tiempo consigan sacarla del pecho, cuando la persona amada marche?
No, los poderes del loco lanzador de saetas impregnadas de magia no llegaban a controlar el paso del tiempo; controlan los sueños, los corazones, los pensamientos, los deseos, las ilusiones, pero ningún poder suyo transciende más allá de la mente del amante, no tiene ningún poder sobre la realidad física. Era Kylena la que había detenido su avance. Giro sobre sus talones y se dirigió hacia el jertare, pero la pregunta que lanzó fue tanto a Ipolén como a Lanún: “¿Y tú?”.
¿Estaría soñando realmente? Nunca antes ningún huésped había preguntado por qué no los podía acompañar. Simplemente habían cruzado de un mundo a otro, con la cabeza llena de sueños, el corazón lleno de esperanzas, el rostro lleno de deleite y los ojos llenos de luz, que sólo miraban hacia delante y nunca habían vuelto la cabeza hacia el jertare que se quedaba cuidando el refugio; no se habían acordado de él en ese momento ni lo habían vuelto a hacer una vez que se habían ido.
Detrás de eso si se podía ver la mano de Cupido; parecía una cruel de sus triquiñuelas, pero Ipolén se consolaba pensando que el arquero pronto no podría jugar con él. En cuanto se marchara Kylena, sus mañas no volverían a funcionar con él.
-Ipolén debe quedarse aquí, su lugar es este- la voz de Lanún los sorprendió a los dos. Había caído sobre el lugar como un cuchillo y había hecho trizas las ilusiones de Cupido por unos instantes.
Kylena lo miró a los ojos por última vez, pareciendo decir demasiado con la mirada como para que el jertare entendiese algo. Después se disolvió con la luz del portal, tan rápido que su sombra y su esencia permanecieron un rato antes de que Ipolén se diese cuenta de que había volado definitivamente. Lanún la siguió, el paso se cerró y su luz se apagó; y el escondite pareció aún más oscuro que antes.
Los ojos del muchacho se cerraban; no sabía qué hora sería, pero probablemente ya sería tarde. Podría quedarse a dormir allí; no era la primera vez que lo hacía y sabía que su madre adoptiva no le diría nada; hacía mucho tiempo que sólo le interesaba de él que trabajase bien en las minas y que trajera dinero a casa.
Además, la reciente oscuridad del habitáculo le sedaba y le acunaba, le templaba la sangre que llevaba toda la tarde ardiéndole y nublándole el juicio, le calmaba los latidos alocados de su corazón que llevaba toda la tarde bombeando sangre como para alimentar a mil hordas de vampiros; en definitiva, organizaba el único ambiente propicio para conciliar el sueño, pues suponía que una vez fuera del refugio romperían a sangrar las marcas de la flecha en su pecho, ya que la marcha de Kylena y, más aún, su pregunta y su mirada, habían dejado en ese sitio parte de su esencia angelical, e Ipolén no quería que su alocada imaginación la destrozara, como sabía que haría si volvía a casa ahora; iba a pasar horas pensando en ella y necesitaba los pasos tangibles que había dejado tras ella para conservar su recuerdo lo más puro posible: la cama donde había dormido, las partituras de las canciones que había cantado con él, el libro que había hojeado,…
Porque de alguna manera podía asegurar que aquella noche se le haría eterna. Porque el arquero del amor no estaba satisfecho con ese calvario que se le antojaría a cualquiera que pudiera oírlo algún tipo de desvarío. Enamorarse de alguien tan rápido, y que debiera durar tan poco, y que el loco de los sueños lo llevara como si hubiera sido un romance largo digno de escribir mil y una historias y canciones. Pero ahora debían cicatrizar todas y cada una de las heridas, pues deberían de haberle alcanzado más de una flecha para que se hubiera quedado en ese estado tan patético. Y hay heridas que empiezan a doler mucho después de surgir.
Mas Ipolén le reclamaba ahora al arquero curarle de todas a la vez, por habérselas hecho todas así. El arquero respondía que no era su saber curar las heridas que dispensaba, pero podía intentar acelerar su cura haciéndole sufrir todos los efectos secundarios de esa droga en una sola noche, y una vez devastada el alma, no quedarían rastro de las heridas.
El muchacho sabía que no podría ser el trágico amante tan común en las historias románticas, aquel que en esas penurias y dolencias levanta la compasión de los lectores. Él no la merecía, había sido estúpido al vivir esa ridícula historia en su cabeza y ahora debía lamer sus propias heridas. Cuanto antes acabara con todo esto, mejor.
Cupido le arrullaba y le decía que durmiese. Obedeció, y lo último que pensó es que ojalá a Cupido su dolor le supiese tan dulce como amargo le sabía a él, y que sus pesadillas las disfrutara gustoso, en lo que sólo un ser tan asqueroso y maquiavélico puede encontrar el gusto. Lo último que oyó, entre sus oídos y su mente, entre la realidad y el sueño, entre el recuerdo y la imaginación, fue la suave risa de Kylena.
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