Desde lo
alto de la Torre del Reloj, las vistas de la ciudad eran impresionantes e
increíbles. Costaba creer que esas interminables y oprimentes callejuelas que
la atravesaran no fueran más que pequeñas líneas, no más gruesas que un alfiler.
Era difícil de percibir, postrado en la balconada, las idas y venidas de esos
transeúntes pequeños como hormigas, que iban de hormiguero en hormiguero,
siempre con prisas, sin detenerse jamás mientras la luz del sol brillase sobre
sus cabezas.
Y era
imposible de averiguar, con esa vista de pájaro, las tragedias, oscuridades,
penas, secretos inconfesables, remordimientos, traiciones, recuerdos,
sentimientos,… escondidos bajo la ciudad, en los muros de las calles, dentro de
las casas y en el alma de sus habitantes.
Y desde lo
alto de la Torre del Reloj, orgullo y emblema del lugar, alta como una montaña
que ansiaba alcanzar las nubes, sus problemas y preocupaciones se desvanecían,
se diluían en el mar a sus pies, perdían toda su urgencia e impaciencia, toda
su monumentalidad y grandeza.
Era allí, y
en ningún sitio más que en ese refugio secreto, que sólo él conocía y a donde
sólo él podía llegar, donde lo nimio, material y mundano no podía hacerse
presente, donde no podía invadirlo. Era en lo alto de lo más alto donde podía
elevarse hasta tocar el cielo; donde su imaginación volaba más allá de esas
lejanas montañas, tan inalcanzables y remotas, que desde su mirador se hacían
cercanas y próximas. Donde nadie más que él y sólo él podría enturbiar ese
ansiado descanso y retiro periódico, en ese refugio de soledad era donde
guardaba su secreto.
Bajo el
segundo ladrillo del muro que casi se derruía, escondida concienzudamente, la
pequeña y herrumbrosa llave se encontraba, esperando con santa paciencia a su
dueño y conocedor.
Y con esa
insospechada llave, se abría una puerta secreta, aún más difícil de encontrar
que la llave, pues mimetizada completamente con la pared estaba, tanto que
hasta a él le resultaba a veces ilocalizable. La única pista que revelaba su
paradero era la separación de la pétrea puerta con el resto del muro, tan
irregular y desgastada que se asemejaba perfectamente a una grieta que en el
muro hubiera podido surgir; tan fina e invisible para el ojo que sólo al tacto
de los dedos se podía encontrar.
Y era un
poco a la derecha de ese curioso marco, recubierto concienzudamente de fría
piedra, donde estaba la cerradura, todavía más increíble. Con una rasgadura en
la pared se confundía, pero en el momento en que se le introducía la llave, se
desvelaba el engaño al inconfundible sonido contra el metal que había en su
interior.
No bastaba
más que un suave movimiento de muñeca para accionar la cerradura, no bastaba
más que un empujón para mover la puerta, no bastaban más que unos pasos
adentrándose dentro del oscuro pasadizo de la que la puerta era la entrada para
que todo percepción de la realidad cotidiana se desvaneciese en la oscuridad
que engullía ahora mismo al soñador de la Torre del Reloj; para que las cadenas
que lo aprisionaban a la vida que obligado a vivir estaba, una vida vacía e
insulsa, atrapado en ese pueblo muerto, y a esa monotonía que era parte
inseparable de toda su existencia más allá de ese misterioso escondite suyo.
A cada paso
que avanzaba a través del pasadizo ayudado únicamente por una antorcha
encendida, estaba cada vez más lejos del muchacho que era fuera de allí, del
niño huérfano cuya única familia era una respetable y a vista de todos
bondadosa madre adoptiva, que lo obligaba a trabajar como un esclavo en las
minas de las afueras para pagar los gastos ineludibles de la casa, que al final
acababan siendo las mayores y ridículas extravagancias. Huía de esa arpía que
había intentado someterlo bajo el mismo yugo de ignorancia que la castigaba a
ella; de esa bestia embrutecida que había intentado apartarle de los libros de
su padre, su única herencia y recuerdo tangible de él; de ese monstruo sin
corazón que había hecho arder en fuego las partituras de música de su madre,…
Poco a poco iba dejándolo atrás, todo se iba quedando a su espalda, esa gris
vida se iba quedando abandonada en el suelo frío de piedra.
Para cuando
hubiera recorrido todo el pasadizo serpenteante que se extendía por las
paredes, el suelo, los muros, las habitaciones, las paredes, el techo, del piso
más alto de la Torre, ya no sería más ese crío, que se quedaría agazapado en
las esquinas, llorando de miedo y sin ser capaz de dar un paso del terror que
le inspiraba tal pasadizo. Mientras éste se quedaba atrás, el verdadero Ipolén,
el auténtico, se despojaba de ese mundano disfraz y se preparaba para adoptar
nuevamente su forma genuina. Para cuando hubiera llegado al refugio, ya no
sería más el huérfano por el que todo el mundo siente lástima y compasión cuya
vida lo merece aún más; ya habría entrado de nuevo en el juego, como un
jertare: un mensajero, un intermediario, un vínculo, una puerta, un conector,
un guardián, un portero, un anfitrión.
Sus
funciones en el mundo de los Guerreros de Tinta eran muy claras: mientras unos
hermanos de la orden se encargaban de localizar a aquellos con ciertas
habilidades especiales, a aquellos posibles
nuevos adeptos, Ipolén simplemente debía alojarlos y esconderlos en su refugio
el tiempo que fuese necesario. Esas visitas por lo general no solían durar
mucho ni sucederse con excesiva frecuencia; en realidad, eran bastante escasas.
Podían pasar meses entre la repentina salida de un huésped a través del portal
dirección a Heritania, el mundo secreto de la orden, acompañado por uno o dos
Guerreros que hubieran aparecido completamente de improviso para llevárselo, y
la llegada de un nuevo inquilino en exactas circunstancias sorprendentes, tanto
como podían sucederse por espacio de unos pocos días.
Los
servicios de Ipolén no eran por lo tanto, muy solicitados. Exceptuando cuando
había algún huésped, ése habitáculo seguía siendo su escondite, donde guardaba
sus libros, donde acudía huyendo y donde se evadía por unas horas de esa insulsa
existencia refugiándose en la lectura o en la música, porque allí también
guardaba las partituras de su madre que consiguió salvar.
Lo encontró
gracias a un mapa que había escondido entre las páginas de un libro de la
Biblioteca Municipal que hablaba sobre la Torre. Era un libro muy viejo y que
nadie había cogido en años… hasta que él lo encontró detrás de una estantería;
nadie sabría cuánto tiempo habría llevado ahí. Ipolén lo encontró de pura
casualidad, y siguiendo las indicaciones del mapa, halló el refugio.
Según el
libro, había servido durante varios años atrás como estudio creativo a un
excéntrico artista que al parecer encontraba la inspiración en los lugares
oscuros, cavernosos, apartados y silenciosos. Al ser el dirigente que construyó
la Torre mecenas de dicho artista, pidió expresamente y como favor personal al
arquitecto a cargo de la construcción que dispusiera una sala de dichas características
para uso personal del artista, además de que ese espacio se hubiera de
encontrar por medio de pasadizos secretos o puertas camufladas, ya que ese
recorrido previo “contribuía a despertar los sentidos y los adecuaba para
percibir más claramente el aura creativa que irradiaba ese embrujador refugio”.
Cuando
Ipolén llegó por primera vez al estudio del artista, que posteriormente
transformaría en su refugio, llevaba un tiempo abandonado, y aunque al artista
Ipolén no lo había visto nunca ni al parecer seguía en el pueblo, aún quedaban
pertenencias suyas allí. Como tampoco parecía que él fuera a volver (la
antigüedad de algunas de ellas y las capas de polvo generalizadas por toda la
estancia denotaba que llevaban demasiado tiempo abandonadas) ni éstas eran
demasiado personales, Ipolén decidió dejarlas allí y usarlas él mismo.
No eran
tampoco muchas: algunos lienzos sin acabar, estanterías vacías, una cama y un
piano. A todas luces, el excéntrico se había marchado hace mucho tiempo
llevándose los cuadros acabados y los libros y dejando atrás aquello que no
podía cargar o no echaría de menos. Era lógico pensar que ya no volvería a
reclamarlas.
El libro que
le había permitido hallar tal singular escondite también añadía algunos
detalles más, como que el piano era un regalo del mecenas al artista por una
magistral interpretación que ejecutó en cierta ocasión, y que había estado en
poder anteriormente de cierto embajador oriental con quien aquel gerente había
trabado amistad. El piano pasó por tanto del embajador al artista pasando por
el mecenas.
Lo más
extraordinario no era cómo se las hubieran ingeniado para traer el piano allí,
sino el hecho de que, por lo que había leído, ese piano había sido
perfeccionado por un amigo inventor del embajador paisano suyo, utilizando
conocimientos secretos de Oriente. El libro decía que la madera nuca se
pudriría, ni las cuerdas se desafinarían, ni el instrumento se vería afectado
en ningún modo por el paso del tiempo. Ipolén mismo lo corroboró al tocarlo un
momento; estaba perfectamente afinado.
Al jertare
siempre le había gustado la música tanto como la lectura, y tuvo la suerte de
aprender ambas artes gracias al bibliotecario. Por lo que él sabía, había sido
un gran amigo de sus padres y no deseaba ver cómo su herencia se desperdiciaba,
pues lo único que conservaba de ellos eran libros y partituras de piano. El
bibliotecario había sido casi un padre para él, lo que disgustaba sobremanera a
su madre adoptiva oficial. Sin embargo, había llegado a pasar más tiempo en la
Biblioteca con él que en su propia casa, hasta que el bibliotecario tuvo que
irse de viaje a ver a una hermana enferma. Le prometió volver en unas semanas….
y jamás regresó.
Ipolén quedó
entonces más confuso y solo que antes. Por sí no tenía suficientes preguntas
con las acerca de sus padres, que el bibliotecario nunca llegó a responder, los
interrogantes sobre su pasado eran tan cuantioso que lo aturullaban. ¿Quiénes
habían sido sus padres? ¿Por qué no estaban con él? Las respuestas que le
fueron dadas eran muy vagas e imprecisas. Le dijo que su madre era profesora de
Música y su padre librero, y que murieron los dos en el incendio de su librería
cuando Ipolén tenía dos años. Aunque eso ya lo había averiguado gracias a su
madre adoptiva.
Los detalles
acerca de sus familias paterna y materna eran muy ambiguos: ambos eran hijos
únicos, sus abuelos habían muerto ya para cuando Ipolén quedó huérfano, y no se
sabía nada acerca de primos, tíos,… pues sus padres habían venido a vivir al
pueblo recién casados, y habían dejado sus respectivas familias atrás.
Cuando le
preguntó por qué no le habían concedido su tutela a él, como amigo de la
familia que era, respondió que el difunto marido de su madre adoptiva había
sido también íntimo de la familia, y de más atrás que el bibliotecario. A pesar
de haber muerto algunos meses después de que Ipolén quedara bajo su custodia en
un terrible accidente en las minas, la tutela pudo pasar perfectamente a su
mujer, ya que se la habían adjudicado a ambos.
Ipolén había
empezado a pensar que podrían solicitar un cambio de tutela cuando se marchó el
bibliotecario. Se quedó, por tanto, sin nuevo tutor ni antiguo profesor, pero
por lo menos había aprendido lo suficiente como para seguir aprendiendo por su
cuenta, tanto por los libros de sus padres como por los que había en la
biblioteca. Si volviera algún día, estaría orgulloso de su avance.
Poco después
encontró el escondite, y empezó a llevarse algunos libros allí, sus favoritos,
pero no se atrevía a llevarse las partituras. Había aprendido y seguido
practicando con el piano que había en la biblioteca, cuyas funciones exactas no
estaban muy estrictamente marcadas. En ocasiones había servido de teatro
también. Pero no se atrevía en ese momento a tocar en el piano oriental; había algo en el sonido
que emitía que daba escalofríos. No obstante, pronto se arrepintió de no
habérselas llevado todas allí. Por mucho de que su tutora repitiera después que
había sido un accidente, Ipolén nunca lo creería.
Cuando llegó
a la casa, los libros y las partituras se guardaron en cajas en el desván, y
cuando empezó a instruirse con su amigo, bajó algunos libros y las partituras a
su habitación.
Una noche de
invierno, después de cenar, ella estaba cerrando todas las ventanas de la casa;
era una costumbre durante las noches de frío. Mientras Ipolén recogía la mesa,
su madre adoptiva estaba en ese momento con los dormitorios, en la otra punta
de la casa. Para guiarse en esa oscuridad, iba con una pequeña vela protegida
de las traicioneras corrientes de aire que pudieran apagarla de improviso con
un trozo de tela dispuesto a su alrededor pegado a la base de la vela con
pegamento y atravesado por varillas de metal para mantener la forma.
Estaba en la
habitación de su hijo adoptivo en el momento en que resbaló cerrando la
ventana. Por reflejo, se agarró a las cortinas para evitar caer, y la llama de
la vela hizo contacto así con su tela.
A pesar del
frío y de la humedad, prendieron fuego enseguida, y aún más deprisa empezó a
gritar la mujer; sin embargo, Ipolén, debido a la distancia y a la oscuridad,
no llegó lo suficientemente rápido como para salvar las cortinas, que se
consumieron casi al completo. Y, lo que al joven jertare más le entristeció, ni
para recuperar sus libros y hojas de música, que guardaba desgraciadamente detrás
de las cortinas, y también se quemaron; algunos casi al completo, otros sólo
parcialmente y milagrosamente, hubo las que se salvaron, pero muy pocas en
comparación.
Con ayuda
del bibliotecario, consiguió ejemplares de casi todos los libros echados a
perder, y así restaurar en parte la herencia de su padre, pero la de su madre,
esas partituras… no era porque no encontraron esos libros, que hallaron y él
guardó, sino porque los que había tenido estaban llenos de anotaciones suyas,
de su puño y letra, siendo un rastro verdadero y tangible de su madre, algo
personal y suyo que llevaba en cada trazo de ese lápiz la esencia de quien ya
no estaba, ni iba a volver ya. Por otro lado, algunas composiciones eran
originales suyas, y esas sí que eran irrecuperables.
Tras ese
lamentable acontecimiento, llevó ambos legados al refugio; confiaba en que allí
estarían más seguros, y ya no confiaba nada en su madre adoptiva. Nunca se
había fiado mucho de ella en esos asuntos, desde que intentara deshacerse de
los libros con la excusa de que ocupaban demasiado en el sitio en el desván y
de que no le servirían de nada a Ipolén, más que para llenarle la cabeza de
pájaros, en lugar que de rocas, polvo y picos, como hubiera preferido ella.
Sólo con ayuda del bibliotecario consiguió convencerla de que no lo hiciera a
tiempo. A regañadientes, consintió en que se quedaran, pero desde entonces
Ipolén no volvió a hablarle de ellos, temeroso de que volviera a querer
deshacerse de su herencia paterna.
No tardó
mucho tiempo en completar el traslado, y hasta acabar de hacerlo ninguna otra
cosa ocupó su mente que llevarlo todo allí y sin que la mujer sospechase nada.
Fue muy trabajoso tener que llevarse los libros de uno en uno o de dos en dos y
escondidos entre las ropas, pero al final acabó tal tarea.
Y poco
tiempo después, aparecieron de improviso los Guerreros y su orden, con todo su
misterio e historia. Gustosamente les cedió su refugio para el poco tiempo que
pasaban.
A veces le
hacía gracia y otras le irritaba, pero siempre le sorprendía cómo aparecían;
llegaba un día y los encontraba ya allí. A veces estaba solo el huésped y otras
acompañado, a veces inconsciente y otras despierto; pero siempre muy pálido y
asustado, como si viniese huyendo del propio miedo que hubiese tomado forma de
pesadilla. A veces estaba herido de gravedad y otras solamente vapuleado, a
veces hambriento y otras sediento; pero siempre agotado y hecho polvo,
necesitado de atenciones que las que Ipolén alcanzaba a suministrar no podían
suplir.
El jarete
sabía que sus esfuerzos no eran suficientes para lo que precisaban los que
alojaba en su escondite. Sólo pasaban bajo su techo el tiempo justo para que el
futuro Guerrero descansara lo suficiente para afrontar otro viaje, en esa
ocasión a Heritania, el mundo de la Orden, para el que debían llevárselo los
Guerreros que lo hubiesen traído u otros que hubiesen venido para suplantarlos
en caso de que los anteriores por cualquier razón hubieran tenido que volver a
Heritania de improviso. Ya lo cuidarían allí mejor que como lo pudiera hacer
Ipolén.
Los
Guerreros experimentados, por lo que le habían dicho, podían viajar a su mundo
en cualquier momento siempre que fueran solos; si llevan a uno que no lo es,
por muchas aptitudes que pueda tener para en el futuro convertirse en uno de
ellos, debían utilizar un portal, que sólo los Guerreros pueden activar. Estos
portales se encontraban en escondites de la Orden, como el suyo, a cargo de un
jarete, como él. Los jaretes no podían utilizar esos portales, pero no obstante
debían ocultarlos; el que guardaba jarete estaba pintado detrás de una
estantería que se podía mover.
Por su
aspecto parecían manchas en la pared salidas por el tiempo y la humedad, mas un
Guerrero la podía hacer cambiar ese camuflaje por su verdadero aspecto: un
hermoso dibujo de muchísimos colores con filigranas hechas de palabras en el
idioma de ellos, componiendo dibujos y formas geométricas. Cuando iban a abrir
el portal, éste brillaba con fuerza y sus palabras parecían cobrar vida y
susurrar en voz muy baja lo que decía. A Ipolén le hubiera gustado entender lo
que decían, como le hubiese gustado ir a Heritania; no obstante, no le estaba
permitido, sus funciones estaban en la Tierra. Pero ojalá pudiera ir aunque
fuera una vez…
Iba
ensimismad en sus pensamientos, y no se dio cuenta de que no estaba sólo. En su
cama había una chica dormida en sueños agitados. Perlas de sudor le corrían por
la frente y el pelo largo y enmarañado del color dorado del sol. Su faz no
denotaba paz ni descanso precisamente y con voz suave decía: “Hermano, hermano”
y algo inentendible de una sombra negra.
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