martes, 22 de julio de 2014

GUERREROS DE TINTA: CAPÍTULO 1. A CIEGAS ENTRE DOS AGUAS

Desde lo alto de la Torre del Reloj, las vistas de la ciudad eran impresionantes e increíbles. Costaba creer que esas interminables y oprimentes callejuelas que la atravesaran no fueran más que pequeñas líneas, no más gruesas que un alfiler. Era difícil de percibir, postrado en la balconada, las idas y venidas de esos transeúntes pequeños como hormigas, que iban de hormiguero en hormiguero, siempre con prisas, sin detenerse jamás mientras la luz del sol brillase sobre sus cabezas.

Y era imposible de averiguar, con esa vista de pájaro, las tragedias, oscuridades, penas, secretos inconfesables, remordimientos, traiciones, recuerdos, sentimientos,… escondidos bajo la ciudad, en los muros de las calles, dentro de las casas y en el alma de sus habitantes.

Y desde lo alto de la Torre del Reloj, orgullo y emblema del lugar, alta como una montaña que ansiaba alcanzar las nubes, sus problemas y preocupaciones se desvanecían, se diluían en el mar a sus pies, perdían toda su urgencia e impaciencia, toda su monumentalidad y grandeza.

Era allí, y en ningún sitio más que en ese refugio secreto, que sólo él conocía y a donde sólo él podía llegar, donde lo nimio, material y mundano no podía hacerse presente, donde no podía invadirlo. Era en lo alto de lo más alto donde podía elevarse hasta tocar el cielo; donde su imaginación volaba más allá de esas lejanas montañas, tan inalcanzables y remotas, que desde su mirador se hacían cercanas y próximas. Donde nadie más que él y sólo él podría enturbiar ese ansiado descanso y retiro periódico, en ese refugio de soledad era donde guardaba su secreto.

Bajo el segundo ladrillo del muro que casi se derruía, escondida concienzudamente, la pequeña y herrumbrosa llave se encontraba, esperando con santa paciencia a su dueño y conocedor.

Y con esa insospechada llave, se abría una puerta secreta, aún más difícil de encontrar que la llave, pues mimetizada completamente con la pared estaba, tanto que hasta a él le resultaba a veces ilocalizable. La única pista que revelaba su paradero era la separación de la pétrea puerta con el resto del muro, tan irregular y desgastada que se asemejaba perfectamente a una grieta que en el muro hubiera podido surgir; tan fina e invisible para el ojo que sólo al tacto de los dedos se podía encontrar.

Y era un poco a la derecha de ese curioso marco, recubierto concienzudamente de fría piedra, donde estaba la cerradura, todavía más increíble. Con una rasgadura en la pared se confundía, pero en el momento en que se le introducía la llave, se desvelaba el engaño al inconfundible sonido contra el metal que había en su interior.

No bastaba más que un suave movimiento de muñeca para accionar la cerradura, no bastaba más que un empujón para mover la puerta, no bastaban más que unos pasos adentrándose dentro del oscuro pasadizo de la que la puerta era la entrada para que todo percepción de la realidad cotidiana se desvaneciese en la oscuridad que engullía ahora mismo al soñador de la Torre del Reloj; para que las cadenas que lo aprisionaban a la vida que obligado a vivir estaba, una vida vacía e insulsa, atrapado en ese pueblo muerto, y a esa monotonía que era parte inseparable de toda su existencia más allá de ese misterioso escondite suyo.

A cada paso que avanzaba a través del pasadizo ayudado únicamente por una antorcha encendida, estaba cada vez más lejos del muchacho que era fuera de allí, del niño huérfano cuya única familia era una respetable y a vista de todos bondadosa madre adoptiva, que lo obligaba a trabajar como un esclavo en las minas de las afueras para pagar los gastos ineludibles de la casa, que al final acababan siendo las mayores y ridículas extravagancias. Huía de esa arpía que había intentado someterlo bajo el mismo yugo de ignorancia que la castigaba a ella; de esa bestia embrutecida que había intentado apartarle de los libros de su padre, su única herencia y recuerdo tangible de él; de ese monstruo sin corazón que había hecho arder en fuego las partituras de música de su madre,… Poco a poco iba dejándolo atrás, todo se iba quedando a su espalda, esa gris vida se iba quedando abandonada en el suelo frío de piedra.

Para cuando hubiera recorrido todo el pasadizo serpenteante que se extendía por las paredes, el suelo, los muros, las habitaciones, las paredes, el techo, del piso más alto de la Torre, ya no sería más ese crío, que se quedaría agazapado en las esquinas, llorando de miedo y sin ser capaz de dar un paso del terror que le inspiraba tal pasadizo. Mientras éste se quedaba atrás, el verdadero Ipolén, el auténtico, se despojaba de ese mundano disfraz y se preparaba para adoptar nuevamente su forma genuina. Para cuando hubiera llegado al refugio, ya no sería más el huérfano por el que todo el mundo siente lástima y compasión cuya vida lo merece aún más; ya habría entrado de nuevo en el juego, como un jertare: un mensajero, un intermediario, un vínculo, una puerta, un conector, un guardián, un portero, un anfitrión.

Sus funciones en el mundo de los Guerreros de Tinta eran muy claras: mientras unos hermanos de la orden se encargaban de localizar a aquellos con ciertas habilidades especiales, a aquellos posibles  nuevos adeptos, Ipolén simplemente debía alojarlos y esconderlos en su refugio el tiempo que fuese necesario. Esas visitas por lo general no solían durar mucho ni sucederse con excesiva frecuencia; en realidad, eran bastante escasas. Podían pasar meses entre la repentina salida de un huésped a través del portal dirección a Heritania, el mundo secreto de la orden, acompañado por uno o dos Guerreros que hubieran aparecido completamente de improviso para llevárselo, y la llegada de un nuevo inquilino en exactas circunstancias sorprendentes, tanto como podían sucederse por espacio de unos pocos días.

Los servicios de Ipolén no eran por lo tanto, muy solicitados. Exceptuando cuando había algún huésped, ése habitáculo seguía siendo su escondite, donde guardaba sus libros, donde acudía huyendo y donde se evadía por unas horas de esa insulsa existencia refugiándose en la lectura o en la música, porque allí también guardaba las partituras de su madre que consiguió salvar.

Lo encontró gracias a un mapa que había escondido entre las páginas de un libro de la Biblioteca Municipal que hablaba sobre la Torre. Era un libro muy viejo y que nadie había cogido en años… hasta que él lo encontró detrás de una estantería; nadie sabría cuánto tiempo habría llevado ahí. Ipolén lo encontró de pura casualidad, y siguiendo las indicaciones del mapa, halló el refugio.

Según el libro, había servido durante varios años atrás como estudio creativo a un excéntrico artista que al parecer encontraba la inspiración en los lugares oscuros, cavernosos, apartados y silenciosos. Al ser el dirigente que construyó la Torre mecenas de dicho artista, pidió expresamente y como favor personal al arquitecto a cargo de la construcción que dispusiera una sala de dichas características para uso personal del artista, además de que ese espacio se hubiera de encontrar por medio de pasadizos secretos o puertas camufladas, ya que ese recorrido previo “contribuía a despertar los sentidos y los adecuaba para percibir más claramente el aura creativa que irradiaba ese embrujador refugio”.

Cuando Ipolén llegó por primera vez al estudio del artista, que posteriormente transformaría en su refugio, llevaba un tiempo abandonado, y aunque al artista Ipolén no lo había visto nunca ni al parecer seguía en el pueblo, aún quedaban pertenencias suyas allí. Como tampoco parecía que él fuera a volver (la antigüedad de algunas de ellas y las capas de polvo generalizadas por toda la estancia denotaba que llevaban demasiado tiempo abandonadas) ni éstas eran demasiado personales, Ipolén decidió dejarlas allí y usarlas él mismo.

No eran tampoco muchas: algunos lienzos sin acabar, estanterías vacías, una cama y un piano. A todas luces, el excéntrico se había marchado hace mucho tiempo llevándose los cuadros acabados y los libros y dejando atrás aquello que no podía cargar o no echaría de menos. Era lógico pensar que ya no volvería a reclamarlas.

El libro que le había permitido hallar tal singular escondite también añadía algunos detalles más, como que el piano era un regalo del mecenas al artista por una magistral interpretación que ejecutó en cierta ocasión, y que había estado en poder anteriormente de cierto embajador oriental con quien aquel gerente había trabado amistad. El piano pasó por tanto del embajador al artista pasando por el mecenas.

Lo más extraordinario no era cómo se las hubieran ingeniado para traer el piano allí, sino el hecho de que, por lo que había leído, ese piano había sido perfeccionado por un amigo inventor del embajador paisano suyo, utilizando conocimientos secretos de Oriente. El libro decía que la madera nuca se pudriría, ni las cuerdas se desafinarían, ni el instrumento se vería afectado en ningún modo por el paso del tiempo. Ipolén mismo lo corroboró al tocarlo un momento; estaba perfectamente afinado.

Al jertare siempre le había gustado la música tanto como la lectura, y tuvo la suerte de aprender ambas artes gracias al bibliotecario. Por lo que él sabía, había sido un gran amigo de sus padres y no deseaba ver cómo su herencia se desperdiciaba, pues lo único que conservaba de ellos eran libros y partituras de piano. El bibliotecario había sido casi un padre para él, lo que disgustaba sobremanera a su madre adoptiva oficial. Sin embargo, había llegado a pasar más tiempo en la Biblioteca con él que en su propia casa, hasta que el bibliotecario tuvo que irse de viaje a ver a una hermana enferma. Le prometió volver en unas semanas…. y jamás regresó.
Ipolén quedó entonces más confuso y solo que antes. Por sí no tenía suficientes preguntas con las acerca de sus padres, que el bibliotecario nunca llegó a responder, los interrogantes sobre su pasado eran tan cuantioso que lo aturullaban. ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Por qué no estaban con él? Las respuestas que le fueron dadas eran muy vagas e imprecisas. Le dijo que su madre era profesora de Música y su padre librero, y que murieron los dos en el incendio de su librería cuando Ipolén tenía dos años. Aunque eso ya lo había averiguado gracias a su madre adoptiva.

Los detalles acerca de sus familias paterna y materna eran muy ambiguos: ambos eran hijos únicos, sus abuelos habían muerto ya para cuando Ipolén quedó huérfano, y no se sabía nada acerca de primos, tíos,… pues sus padres habían venido a vivir al pueblo recién casados, y habían dejado sus respectivas familias atrás.

Cuando le preguntó por qué no le habían concedido su tutela a él, como amigo de la familia que era, respondió que el difunto marido de su madre adoptiva había sido también íntimo de la familia, y de más atrás que el bibliotecario. A pesar de haber muerto algunos meses después de que Ipolén quedara bajo su custodia en un terrible accidente en las minas, la tutela pudo pasar perfectamente a su mujer, ya que se la habían adjudicado a ambos.

Ipolén había empezado a pensar que podrían solicitar un cambio de tutela cuando se marchó el bibliotecario. Se quedó, por tanto, sin nuevo tutor ni antiguo profesor, pero por lo menos había aprendido lo suficiente como para seguir aprendiendo por su cuenta, tanto por los libros de sus padres como por los que había en la biblioteca. Si volviera algún día, estaría orgulloso de su avance.

Poco después encontró el escondite, y empezó a llevarse algunos libros allí, sus favoritos, pero no se atrevía a llevarse las partituras. Había aprendido y seguido practicando con el piano que había en la biblioteca, cuyas funciones exactas no estaban muy estrictamente marcadas. En ocasiones había servido de teatro también. Pero no se atrevía en ese momento a tocar en  el piano oriental; había algo en el sonido que emitía que daba escalofríos. No obstante, pronto se arrepintió de no habérselas llevado todas allí. Por mucho de que su tutora repitiera después que había sido un accidente, Ipolén nunca lo creería.

Cuando llegó a la casa, los libros y las partituras se guardaron en cajas en el desván, y cuando empezó a instruirse con su amigo, bajó algunos libros y las partituras a su habitación.

Una noche de invierno, después de cenar, ella estaba cerrando todas las ventanas de la casa; era una costumbre durante las noches de frío. Mientras Ipolén recogía la mesa, su madre adoptiva estaba en ese momento con los dormitorios, en la otra punta de la casa. Para guiarse en esa oscuridad, iba con una pequeña vela protegida de las traicioneras corrientes de aire que pudieran apagarla de improviso con un trozo de tela dispuesto a su alrededor pegado a la base de la vela con pegamento y atravesado por varillas de metal para mantener la forma.

Estaba en la habitación de su hijo adoptivo en el momento en que resbaló cerrando la ventana. Por reflejo, se agarró a las cortinas para evitar caer, y la llama de la vela hizo contacto así con  su tela.

A pesar del frío y de la humedad, prendieron fuego enseguida, y aún más deprisa empezó a gritar la mujer; sin embargo, Ipolén, debido a la distancia y a la oscuridad, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar las cortinas, que se consumieron casi al completo. Y, lo que al joven jertare más le entristeció, ni para recuperar sus libros y hojas de música, que guardaba desgraciadamente detrás de las cortinas, y también se quemaron; algunos casi al completo, otros sólo parcialmente y milagrosamente, hubo las que se salvaron, pero muy pocas en comparación.

Con ayuda del bibliotecario, consiguió ejemplares de casi todos los libros echados a perder, y así restaurar en parte la herencia de su padre, pero la de su madre, esas partituras… no era porque no encontraron esos libros, que hallaron y él guardó, sino porque los que había tenido estaban llenos de anotaciones suyas, de su puño y letra, siendo un rastro verdadero y tangible de su madre, algo personal y suyo que llevaba en cada trazo de ese lápiz la esencia de quien ya no estaba, ni iba a volver ya. Por otro lado, algunas composiciones eran originales suyas, y esas sí que eran irrecuperables.

Tras ese lamentable acontecimiento, llevó ambos legados al refugio; confiaba en que allí estarían más seguros, y ya no confiaba nada en su madre adoptiva. Nunca se había fiado mucho de ella en esos asuntos, desde que intentara deshacerse de los libros con la excusa de que ocupaban demasiado en el sitio en el desván y de que no le servirían de nada a Ipolén, más que para llenarle la cabeza de pájaros, en lugar que de rocas, polvo y picos, como hubiera preferido ella. Sólo con ayuda del bibliotecario consiguió convencerla de que no lo hiciera a tiempo. A regañadientes, consintió en que se quedaran, pero desde entonces Ipolén no volvió a hablarle de ellos, temeroso de que volviera a querer deshacerse de su herencia paterna.

No tardó mucho tiempo en completar el traslado, y hasta acabar de hacerlo ninguna otra cosa ocupó su mente que llevarlo todo allí y sin que la mujer sospechase nada. Fue muy trabajoso tener que llevarse los libros de uno en uno o de dos en dos y escondidos entre las ropas, pero al final acabó tal tarea.

Y poco tiempo después, aparecieron de improviso los Guerreros y su orden, con todo su misterio e historia. Gustosamente les cedió su refugio para el poco tiempo que pasaban.

A veces le hacía gracia y otras le irritaba, pero siempre le sorprendía cómo aparecían; llegaba un día y los encontraba ya allí. A veces estaba solo el huésped y otras acompañado, a veces inconsciente y otras despierto; pero siempre muy pálido y asustado, como si viniese huyendo del propio miedo que hubiese tomado forma de pesadilla. A veces estaba herido de gravedad y otras solamente vapuleado, a veces hambriento y otras sediento; pero siempre agotado y hecho polvo, necesitado de atenciones que las que Ipolén alcanzaba a suministrar no podían suplir.

El jarete sabía que sus esfuerzos no eran suficientes para lo que precisaban los que alojaba en su escondite. Sólo pasaban bajo su techo el tiempo justo para que el futuro Guerrero descansara lo suficiente para afrontar otro viaje, en esa ocasión a Heritania, el mundo de la Orden, para el que debían llevárselo los Guerreros que lo hubiesen traído u otros que hubiesen venido para suplantarlos en caso de que los anteriores por cualquier razón hubieran tenido que volver a Heritania de improviso. Ya lo cuidarían allí mejor que como lo pudiera hacer Ipolén.

Los Guerreros experimentados, por lo que le habían dicho, podían viajar a su mundo en cualquier momento siempre que fueran solos; si llevan a uno que no lo es, por muchas aptitudes que pueda tener para en el futuro convertirse en uno de ellos, debían utilizar un portal, que sólo los Guerreros pueden activar. Estos portales se encontraban en escondites de la Orden, como el suyo, a cargo de un jarete, como él. Los jaretes no podían utilizar esos portales, pero no obstante debían ocultarlos; el que guardaba jarete estaba pintado detrás de una estantería que se podía mover.

Por su aspecto parecían manchas en la pared salidas por el tiempo y la humedad, mas un Guerrero la podía hacer cambiar ese camuflaje por su verdadero aspecto: un hermoso dibujo de muchísimos colores con filigranas hechas de palabras en el idioma de ellos, componiendo dibujos y formas geométricas. Cuando iban a abrir el portal, éste brillaba con fuerza y sus palabras parecían cobrar vida y susurrar en voz muy baja lo que decía. A Ipolén le hubiera gustado entender lo que decían, como le hubiese gustado ir a Heritania; no obstante, no le estaba permitido, sus funciones estaban en la Tierra. Pero ojalá pudiera ir aunque fuera una vez…


Iba ensimismad en sus pensamientos, y no se dio cuenta de que no estaba sólo. En su cama había una chica dormida en sueños agitados. Perlas de sudor le corrían por la frente y el pelo largo y enmarañado del color dorado del sol. Su faz no denotaba paz ni descanso precisamente y con voz suave decía: “Hermano, hermano” y algo inentendible de una sombra negra.