viernes, 25 de abril de 2014

GUERREROS DE TINTA: PRÓLOGO

Sólo una suave brisa azotaba el prado aquella noche; el cielo estaba despejado y la luna brillaba tenuemente. La hierba húmeda se congelaba lentamente, pues el invierno no se había ido de aquellas tierras que soñaban con la primavera y el calor.

Bajo la serena luz de las estrellas, al bosque que empezaba donde acababa la pradera un aspecto oscuro y siniestro confería la noche. En medio de ese silencio sepulcral, los sonidos del bosque se asemejaban a cánticos de demonios y brujas, y al susurro de los fantasmas que el pueblo supersticioso consideraba moradores y dueños del bosque profundo.

Al otro lado del prado, se asentaba una pequeña granja, suficientemente alejada como para que las criaturas salvajes que vivían entre la foresta no la molestasen pero no tanto como para que la imponente presencia de los oscuros árboles no inquietase constantemente a sus intranquilos moradores. A pesar de la tardía hora, la casa no dormía. La luz de las velas y de la chimenea competía con la sobrenatural luminiscencia de la bóveda celeste, y dentro de la vivienda, la tranquilidad que reposaba en el lugar parecía también estar presente, mas no era así.

La cruel e inmisericorde tormenta que había azotado el lugar durante las últimas semanas y que parecía haber abandonado por un tiempo el valle en la indefensa morada se había filtrado a través de sus finas paredes y su deficiente techo, débilmente y en vano reforzados por los granjeros. Por la bondad de algún hada buena, no se habían derrumbado, aunque debían arreglar todos los desperfectos lo antes posible; otro temporal así no podría aguantar.

Había abandonado finalmente el lugar, pero un aliento de muerte que la había acompañado residía aún en la granja, por muy lejos que hubiera marchado la tormenta. Estaba presente en todas las habitaciones, entre las paredes, bajo las camas y dentro del alma de cada uno de los desdichados granjeros…

Se estaba llevando al primogénito. Era un chico enfermizo, de no más de diecisiete años, y el temporal le había hecho coger unas fiebres muy agresivas y extrañas. Y ahora que mejoraba el tiempo, su delicada salud, mantenida a duras penas con sangre, sudor y lágrimas por toda la familia, empeoraba drásticamente.

Como si el aliento de muerte desesperación y furia a partes iguales hubiera sufrido al ver partir a su idolatrada tempestad, atacó con contundencia al pobre muchacho. No hacía ni unas horas que la lluvia cesó, cuando empezó a padecer unos terribles temblores, subió alarmantemente su temperatura, unos dolores empezaron a sacudirle hasta hacerle sollozar e incluso deliró, efecto de la enfermedad.

Ipso facto, toda la familia, que dormitaba en ese momento, se despertó y fue a su vera. Al haber amainado la tormenta, el padre mandó a una de las hijas mayores al pueblo cercano a buscar al médico. Ella salió presta y rauda con su fiel yegua. Por su voluntad hubiera partido mucho antes, mas la lluvia, el frío, el viento y sus preocupados padres no se lo permitieron; ya bastaba con uno de la familia enfermo y postrado en la cama, y poner a otro en esa misma situación, aunque fuera por un pálpito de amor fraternal no ayudaría. O aún peor, podría perderse en intrincado y peligroso camino hasta el pueblo, o incluso ser capturada por los bandidos del valle o por los asaltadores de caminos.

Años después, la hermana seguía preguntándose si no hubiera sido mejor haberse expuesto a una pulmonía y haber traído al médico antes. Y no sólo ella, toda la familia se haría después y durante mucho tiempo la misma pregunta. Haber acabado con la enfermedad lo antes posible les hubiera librado de todas las desgracias que se sucedieron tras esa fatídica noche.

La otra hermana, no mucho mayor que el primogénito, también había sentido en su corazón de hermana tristeza por la enfermedad que el chico padecía, y de ese pesar que acongojaba su alma cada vez que vislumbraba a su hermano postrado en su lecho, saturado de dolor, surgió en ella el deseo de consolarle y aliviarle. 

Pero ella, ¿qué podía hacer? En su poder sólo estaba una manera con la que transmitir le consuelo: con sus cuentos. La imaginación de la niña era un portento, y las historias que inventaba para distraer y animar a sus hermanos por las noches les parecían a los que las escuchaban un regalo de Dios.

Ella se hubiera pasado de buen grado todo el tiempo que su hermano enfermó pegada a su lecho, aliviando sus padecimientos con esos maravillosos relatos llenos de magia y luz… Lo hubiera hecho aunque ese cruel recuerdo de la tempestad hubiera encadenado a su adorado hermano a la cama durante cien años,… pero en verdad ni un segundo se le pudo acercar, tal era el peligro de contagiarse. 

En compensación, ella escribió todas las historias que se le ocurrieron durante el tiempo que la tempestad los recluyó en la granja, y se las intentó hacer llegar a su hermano por su madre, que era la que podía cuidarlo en lo proximidad, para que él las leyera. 

Estaba muy orgullosa de conocer la escritura; sabía que el analfabetismo era la lacra de los campesinos y granjeros como su familia. Fue gracias a su abuela, quien se había negado en redondo a aceptar que sus nietas crecieran en la más absoluta ignorancia y que la maravillosa biblioteca que había recopilado durante su vida entera fuera pasto del polvo y de las ratas en el desván, o peor aún, del fuego.

Hace ya muchos años que Dios acogió en su seno a su idolatrada abuela, mas la dulce muchacha la recordaba y sentía en cada historia que relataba a sus hermanos. Más que la casa, e incluso más que los libros, la herencia que recibió fue ese don que su abuela le hizo desarrollar desde pequeña, que tantas dichas y consuelos había traído. 

Sí, una buena historia, como las que sólo a ella se le podían ocurrir y contada como sólo ella sabía relatar, hubiera podido transmitir alegría a su hermano, pero su madre no le leyó uno solo de los relatos que con tanta dedicación había inventado.

Su madre decía que no se le debía molestar en su enfermedad, que si quería ayudarlo de alguna manera, rezara mucho a Dios y a la Virgen para que lo curasen,… y también por ella, para que le hicieran ser una niña más buena, que no da disgustos a sus padres y que no se pasa los días inventando historias que luego no traen comida a la mesa; para que fuera más trabajadora y para que encontrase pronto un marido.

La madre nunca había tenido en mucha estima a su suegra, y ese sentimiento era mutuo. Cuando se negó a que su biblioteca se quemase tras su muerte, lo dijo pensando en su nuera. Consideraba que ella sería capaz de quemarlos para calentarse en invierno, o de venderlos para sacar algún dinero, o de tirarlos para utilizar el espacio que ocupaban en el desván, sin el menor reparo ni remordimiento.

Para la nuera, la anciana estaba completamente loca y de su boca sólo salían sandeces y tonterías. No comprendía su insensata pasión por algo que no alimentaba, ni daba calor en invierno, ni curaba,… pero parecían dar alas a los pájaros de la cabeza de aquella vieja señora.

Se lo había repetido muchísimas veces a su marido cuando la anciana vivía, y aún más cuando murió, pero éste no permitiría que desapareciera el prodigioso legado que su madre dejaba a este mundo, el cual admiraba profundamente.

Y, en claro desacuerdo con su mujer, permitió que a sus hijos les iniciara en las letras, los números, la música,… y otros campos del conocimiento la culta y sabia abuela, que pudo perfectamente ejercer como institutriz de sus nietos, labor que ejerció en esa casa hasta que Dios decidió acogerla en su gloria. Después, el padre se vio en la obligación de buscar un sustituto para que los niños pudieran continuar formándose adecuadamente, como hubiera querido su instruida madre. 

Y encontró un inusual y sorprendente nuevo maestro en un boticario del pueblo, que contaba además con una formación en diversas disciplinas, tales como historia, música, literatura… nada desdeñable. Tras previo acuerdo y estipulación de salario, notablemente inferior al honorario que cobraría una autentica institutriz, éste accedió a ilustrar como buenamente pudiera a esos ávidos lectores, dignos nietos de su abuela, característica bien presente en todos ellos, dos tardes a la semana. 

Pero, a pesar del incuestionable saber del boticario, la joven cuentacuentos, mucho más que sus hermanos, encontró en los incontables libros de la difunta un medio delicioso de educarse autodidácticamente. Quedaban amontonados en la biblioteca, en los estantes más altos y polvorientos muchísimos más ejemplares que aún no había abierto que de los que había leído y entendido, y algunos de los más grandes eran tan complejos que probablemente no sería nunca capaz de aventurarse en sus páginas desgastadas por el tiempo ni en su profundo saber secreto…

Todo esto iba meditando la muchacha mientras paseaba por el prado en donde se asentaba su granja; no había nada más reconfortante que pisar el suelo blando y encharcado por la lluvia reciente mientras uno se deleitaba con la fragancia de la hierba mojada y sentía en su piel una suave brisa que traía aún gotas de la pasada tormenta; nada más inspirador que un paseo después de tanto tiempo encerrada, más si aún el sol no había el suficiente como para castigar esa parcela de campo con su luz abrasadora y su calor asfixiante aunque invernal, secando y amarilleando la tierra, si cuando volviera el frío a la noche siguiente se encargaría de estropear las débiles plantas que aún pervivieran. Definitivamente, es en esos momentos que ha cesado de llover cuando el prado es, a los ojos de la muchacha, más precioso y atrayente.

No la echarían de menos en la casa, no todavía. Hacía aún muy poco que su hermana trajo al médico del pueblo para que viera al enfermo, e intuía que eso tendría a todos en la casa ocupados largo rato; lo justo como para andar un trayecto corto, puede que hasta pudiera acercarse al bosque…

Un oscuro presentimiento le dificultaba la respiración; cerraba los ojos y todavía podía ver con claridad la expresión en el rostro del médico en cuanto llegó hasta la cama de su hermano; todavía le martilleaba la cabeza y chillaba en sus oídos esa cruel idea que se anclaba en su mente, haciendo eco de la impresión que le causó la mirada del sanador: que en lugar de haber buscado un médico, deberían haber traído un cura.

Por eso, más que avanzar pausadamente disfrutando del sereno placer de pasear tras la lluvia, ella corría, intentando ahogar ésa incansable idea con el chapotea de sus pies sobre el barro y charco. 

Tampoco guiaba su camino por lo que miraba en la oscuridad: sus pies parecían saber adónde se dirigían, todo su cuerpo parecía caminar en una dirección definida hacia Dios sabe dónde, pero ella no; sus ojos se anegaban en lágrimas que se agolpaban por fluir y no la dejaban ver.

Tropezó y cayó al suelo en su alocada carrera, y allí, tendida sobre la hierba mojada, lloraba por el hermano que iba perder, y suplicaba para que lo salvaran de los brazos fríos de la muerte. Allí, tendida en el barro, la conciencia perdió de donde estaba y del tiempo que pasaba, mientras su mente se apagaba poco a poco y todo a su alrededor se oscurecía.

Y allí, inconsciente, una sombra negra la encontró.